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La metamorfosis del rosado y el reto técnico
El vino rosado ha vivido una metamorfosis espectacular en los últimos años, pasando de ser considerado un vino «menor» a convertirse en un objeto de deseo para los paladares más refinados. Elaborar un gran rosado es, técnicamente, uno de los retos más difíciles para un enólogo. No es una mezcla de blanco y tinto, sino el resultado de una gestión magistral del tiempo y la temperatura. El rosado es el vino de la precisión: un minuto de más en contacto con las pieles puede arruinar el color deseado o la finura del aroma.
Métodos de elaboración: sangrado frente a prensa directa
Existen dos métodos principales que definen el perfil de nuestros rosados. Por un lado, el método de sangrado (saignée), donde tras un breve contacto con los hollejos se extrae el mosto por gravedad, obteniendo vinos con más color, estructura y una intensa carga frutal de fresas y frambuesas. Por otro lado, la tendencia de los rosados de prensa directa, inspirados en el estilo de la Provenza, donde las uvas se prensan suavemente nada más llegar a la bodega. El resultado son vinos de color piel de cebolla o rosa pálido, extremadamente elegantes, con notas de flores blancas, cítricos y una mineralidad refrescante.
Equilibrio, frescura y expresión del terruño
Un buen rosado debe ser, ante todo, equilibrado. Buscamos vinos que mantengan la frescura y la acidez de un blanco pero que hereden la complejidad aromática y el volumen de un tinto. Son vinos que evocan el verano y la alegría, pero con la seriedad suficiente para acompañar una comida completa, desde un arroz marinero hasta carnes de ave o pastas con salsas cremosas. En nuestra bodega, seleccionamos rosados que huyen de la gominola industrial para buscar la expresión del terruño, demostrando que el rosa es una actitud ante el vino que valora la delicadeza y la versatilidad.



